Sucedió en mis tiernos 8-9 años.

Cierta noche de verano mi padre inventó una mini aventura para mi hermano y para mí: dormir en el jardín.

Pusimos las reposeras entonces, junto con muchos espirales de mosquitos y nos recostamos a mirar las estrellas y esperar que viniera el sueño.

Mientras tanto, mi padre nos enseñó lo que eran las estrellas fugaces, astros que se movían muy rápidamente y que había que prestar mucha atención para poder verlos, y que si le pedíamos un deseo se cumpliría.

Fascinados con la novedad, mi hermano y yo nos concentramos en la nueva tarea de encontrar tales estrellas y pedirles un deseo.

La espera dio su fruto, y muy ingenuamente, pedí como deseo tener poderes mágicos, luego de lo cual muy feliz, me quedé dormido.

Al otro día, lo primero que hice al levantarme fue tratar de mover objetos con la mente.

Pobre de mi. Obvio que no se movía nada.

Muy enojado, lo fui a encarar a mi papá, que por qué no pasaba lo que él había dicho.

Viéndolo a la distancia me causa mucha gracia, la cara de no saber dónde meterse de mi viejo.

-Ehh… No… Eso va a tardar en manifestarse me dijo.-Y con eso saldó la situación.

Varias cosas sucedieron desde entonces: dejé de creer todo lo que mi padre decía, desarrollé una aversión por la mentira (será por eso que detesto los productos que no cumplen lo que prometen jaja), y me fascina todo lo que tenga que ver con magia y fantasía, por lo que Harry Potter y similares vienen a ser mi psicosis hecha realidad.

Pero lo más importante, es que aprendí que si uno quiere mantener una relación de confianza a lo largo del tiempo, la honestidad es indispensable.

¿Te gustó? ¡Compartilo!