Día 3-Excursión Alta Montaña

Me despierto 6:09 porque la loca de mierda ya está arriba haciendo kilombo.

Nos duchamos y bajamos a tomar el desayuno, que consiste en infusión, tostadas, mediaslunas y cremona. Trato de comer todo lo que puedo y vaciar mi panera y la de al lado antes que lleguen sus destinatarios. ¡Lo logro!

Una vez arriba del micro y antes de partir, hace su aparición en escena un supuesto médico que da una mini clase sobre las alturas, la presión, etc., y se ofrece a tomarle la presión a todos, por la suma de $2, ya “que es mi trabajo”. La mitad del Pami que me acompaña accede a tomarse la presión.

Nota mental: Comprarme un tensiómetro y llevarlo en mis próximas vacaciones para amortizar los costos tomando la presión a los pasajeros.

Una vez en camino, el guía empieza un insoportable y eterno discurso moralista acerca de las maravillosas bondades de San José de San Martín (Dios lo tenga en su santa gloria), que cruzó enfermo la cordillera a lomo de burro por todos nosotros. Porque a partir de ahora “comprenderemos la realidad y pensaremos diferente”.

Ni que fuera un pastor evangelista. ¡Qué me importa! Yo vine a relajarme, disfrutar del paisaje, descansar y conocer, no a que me quieran lavar el cerebro.

Afortunadamente me duermo y no tengo que soportar todo el adoctrinamiento.

El paisaje es raro, porque al ir la ruta por medio de las montañas, las mismas no se ven muy altas. Amén que tengo grabadas las montañas del sur, que están rodeadas de verde, y acá es todo roca pelada multicolor.

Hacemos una parada en Uspallata, en donde vuelvo a desayunar. Me llama la atención el grado de chorrez de esta gente: Te venden un chivito no con una sino con dos guarniciones, por la módica suma de $200 (y recordemos que esto fue en el 2008).

Partimos nuevamente y paramos en un espejo de agua, todo muy lindo.

Paralelos a la ruta, se encuentran las ruinas del ferrocarril Chile-Argentina, y la meada del río Mendoza.

Llegamos al Puente del Inca, todo muy lindo pero ¡Yo pagué! (je) y no se puede bajar y recorrerlo. Tampoco nos dan tiempo de ver las pelotudeces que venden en el lugar ya que nos suben otra vez al micro y nos dirigimos al Cristo Redentor, un monumento en el cerro Santa Elena, a 3800 metros que cuenta con una base militar con fronteras Chilena y Argentina.

El camino de ascenso es increíble, angosto, empinado, de ripio, y si mirás para abajo sólo ves precipicio.

Al llegar arriba, a La Cachivache le agarra un ataque de felicidad y se pone a correr y saltar por todos lados.

Pobrecita, está sin medicación.

Hace un frío y un viento de cagarse.

Vamos a Chile y a Argentina varias veces. En Chile venden licor y obvio que la borracha se compra.

De regreso nos detenemos a comer en el parador de Las Cuevas, una monchería muy piola en donde comemos bárbaro y re barato, menú todo incluido por $24.

En el camino de vuelta me duermo nuevamente pero no por mucho, porque La Cachivache me despierta y me dice que vamos a parar y sale corriendo.

Yo medio dormido no entiendo un carajo. Abro más los ojos y veo una loca de mierda corriendo por la ruta hacia un restaurante.

Posteriormente me entero que La Cachivache se estaba cagando encima y paramos de emergencia por ella.

¡Lo lograste Cachivache! No sólo en el trabajo dependemos de tus ciclos menstruales y humorales, sino que ahora también todos los pasajeros dependemos de tu ciclo fecal.

Justo cuando estoy por asesinar a una familia de pasajeros, llegamos al hotel.

Les explico: El grupo de pasajeros cuenta con una familia platense, compuesta por mamá platense, papá platense, adolescente platense y prepúber platense.

Son insoportables. No se quedan quietos un solo segundo. El peor de todos es el prepúber, que se la pasa todo el tiempo refregando su cola sobre los genitales de su hermano, ambos moviéndose por todo el micro, todo el tiempo.

Juro que es verdad.

Y poco me faltó para agarrar al padre y decirle: ¡Pero por Dios, enseñale a masturbarse y que se deje de joder de una vez que lo tiró!

Una vez en el hotel, nos refrescamos un poco y salimos a caminar por el centro.

La Cachivache se compra todos los objetos transicionales que encuentra (léase recuerdos, objetitos sin sentido que dicen “Mendoza”). Máquina de comprar pelotudeces.

Vamos un poco más allá del centro y llegamos a unos barrios horribles, muy parecidos a Constitución.

Volvemos a cenar. Entrada: pascualina sabor mierda indefinida, que cuando le pregunto a la moza qué contenía, se me ríe en la cara y sale cagando. Plato principal: carne a la cacerola con puré, que zafa bastante, y de postre un Shimy. Rompieron el chanchito.

Luego de cenar nos damos una ducha y vamos al casino del Hotel Hyatt, en donde gano $50 y me gasto $40.

Momento álgido de la noche: cuando La Cachivache solicita demasiado amablemente y con maneras exageradas a una empleada, que le indique dónde es el baño. La mina la manda… ¡al baño de discapacitados! ¡Juas, me muero de la risa!

La Cachivache, no conforme con su ego herido, se niega a usar ese baño y arremete nuevamente hacia la empleada quien, creyendo hacer la buena acción del día, la toma de la mano  y la lleva hasta el baño de discapacitados.

¡And I iaaaa will always love you uuuuu!

Cuando salimos del casino la loca quiere comprar alcohol pero parece que le ven la cara y se niegan a vendérselo.

Qué manera de reírme, por Dios.

Ya en el hotel, revisamos los mails y luego La Cachivache se pone a ordenar y yo a dormir.

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