Día 6-Villavicencio-Bodegas

6:50 suena el despertador de la loca. Me engañó como a una quinceañera, había dicho que no lo pondría antes que yo. Me siento estafado. ¡Me robaste 15 minutos de sueño Cachivache!

Desayunamos y partimos de excursión-tomada de pelo hacia Villavicencio, lamentablemente con el guía retardado adoctrinador.

Esta vez nos da un sermón sobre las piedras. Llevarse piedras de recuerdo está mal. Porque erosiona y destruye. Porque el chofer del micro y él tienen en sus casas una pared construida con las piedras que los turistas sacan de las montañas y se olvidan luego en el micro.

Sí amigos, leyeron bien.

Claro, porque Mendoza tiene ciento cincuenta mil millones de turistas como el Machu Pichu y por eso se está viniendo abajo, porque todos se llevan piedras.

¡Dejá de romper con pelotudeces!

Además, si sos tan patriota y ecologista, ¿por qué no devolvés las piedras a la montaña en vez de hacerte una pared?

¡Imbécil, ni siquiera sabés argumentar nada!

Cierro los ojos y dormito para no seguir escuchando estupideces.

Al rato paramos en un monumento conmemorativo a adivinen quién. ¡Sí, a San Martín! Este lugar en el medio de la nada parece fue el punto de encuentro y partida de San Martín con su Ejército Libertador.

Y arrancó nuevamente con el adoctrinamiento. Porque San Martín esto. San Martín aquello. San Martín lo otro. San Martín aquí. San Martín allá. San Martín es el camino, la verdad y la vida.

¡Me tenés harto con San Martín! (y esto lo grité de verdad pero no sé si me escuchó).

Todos bajan a sacar fotos. Yo me quedo durmiendo.

Al poco tiempo que partimos el guía pregunta: ¿Ven ese punto blanco bien al fondo entra las montañas? Bueno, esa es la planta embotelladora Villavicencio.

¿What? ¿Que la excursión no era ir a ver cómo embotellaban el agua? Por las caras de los demás veo que no soy el único que había entendido eso.

Seguimos camino al Valle de Villavicencio para visitar el antiguo hotel con el mismo nombre, y tanto el guía como el taradito del coordinador, comienzan a taladrarnos el cerebro con los espectaculares sandwiches de jamón que allí venden.

De más está decir que al llegar la confitería estaba cerrada.

Iniciamos el ascenso de los ¿dos? ¿tres? ¿cuatro? pasos hacia el hotel.

Ok, démosle el beneficio de la duda y supongamos que fueron muchos más.

Pero hete aquí amigos, que el hotel está cerrado desde antes que yo naciera, así que lo único para ver es su deteriorada por el tiempo fachada y una diminuta capilla cuya atracción para nosotros no es su cuadro con efecto de luz, sino la imagen de San Antonio, ante quien nos hincamos a implorar un milagro para que aparezcan nuestras medias naranjas.

Una vez vista toda esta nada misma, en esta excursión-tomada de pelo, descendemos nuevamente y cuál no es mi sorpresa (ya no me asombra nada de estos truchos), la confitería sigue cerrada.

Nos quedamos esperando un rato a que llegue alguien y abra de una vez, ya que tanto nos han hecho la cabeza con los famosos sandwiches (ehh, ¿alguna cometa por allí tal vez?) que queremos probarlos.

Huelga decir, que el poco hambre que teníamos, se fue instantáneamente al ver los curro-precios del establecimiento, por lo que nos pedimos unos cafés y  nos quedamos sentados a la espera de que la masa termine de comer para volver al hotel.

De vuelta a la ciudad, decidimos ir a comprar comida al Carrefour que está en la esquina del hotel y hacer un picnic en la habitación.

Compramos unos sandwiches, medialunas, galletitas y otros menesteres por el estilo y a la hora de pagar colapsa La Cachivache.

Resulta que no existen las cajas rápidas, y las que tienen, poseen un molinete por el que obviamente no pasa el changuito. ¿Quién fue el perverso imbécil que inventó este sistema?

La Cachivache, totalmente fuera de sí, se pone a correr y gritar como una loca por todo el supermercado: -¡No tienen caja rápida! ¡Estoy harta de esta ciudad de mierda! ¡Me quiero ir a Buenos Aires!

Luego de correr y despotricar por un par de góndolas, ya más tranquila La Cachivache, pagamos, regresamos al hotel, comemos y partimos de excursión-tomada de pelo hacia las “bodegas” (las comillas son a propósito, ya verán por qué).

Como el trayecto parece es muuuuy largo obviamente me pongo a dormir.

Posteriormente La Cachivache me cuenta que durante todo el viaje hacia la bodega ella iba rezando para que no me despertara y viera la zona de villas por la que íbamos, porque si me despertaba y veía eso, prendía fuego al micro.

Llegamos a la “bodega” Carmine Granata. ¿Alguna vez oyeron hablar de ella?

Nosotros tampoco.

Esta excursión fue la tomada de pelo más grande de todas.

Le misma empieza entrando en un jardín que tranquilamente puede ser el de mi casa, haciendo la salvedad la guía que era una empresa familiar que empezó hace muchos años (1931) y que la casa original terminó siendo la bodega.

Es decir, una pincelada comunicacional, para darle a un jardín pedorro, una connotación que no tiene.

En el jardín había exhibidas algunas de las máquinas que usaban antiguamente para hacer el vino.

La guía nos cuenta la historia de la familia bla bla bla, que inició Carmine Granata, inmigrante italiano bla bla bla, que de vez en cuando viene a visitar la casa.
-¡Ahhhhhh! (tiernamente) exclama la masa tonta (a la hora de checar para publicar la info me entero que Don Carmine ya falleció).

Nos explica el proceso de elaboración del vino y cada dos palabras aclara “que es una empresa familiar, que no está al tope de producción porque es una empresa familiar (valga la redundancia) y que una de las salas fue acondicionada para hacer las degustaciones, por lo que no están al tope de producción porque son una empresa familiar (valga la redundancia AGAIN)”

Bajamos a la bodega propiamente dicha a ver las instalaciones.

Mientras bajo la escalera voy escuchando las exclamaciones de asombro del contingente de pami que me acompaña, y cuál ya no es mi sorpresa al llegar abajo y ver que lo que los maravillaba ¡eran cinco toneles de mierda! (pero claro, recordemos que es una empresa familiar y que no están al tope de producción).

Luego del chiste-tour por las instalaciones, nos llevan a una sala para degustar los vinos.

Nos dan a probar dos vinos, los más baratos de los que elaboran, y luego nos ofrecen para comprar otros mucho más caros. ¡Caraduras!

Pero lo más bizarro de todo, es cuando nos ofrecen para comprar un espumante “que nosotros no fabricamos porque no tenemos la maquinaria necesaria (porque somos una empresa familiar), pero se lo compramos a otra bodega para poder vendérselo a ustedes”

Sin palabras.

Luego de las bodegas pasamos por la Parroquia de la Virgen de la Carrodilla, patrona de los viñedos mendocinos. Nos quedamos un rato mirando los frisos y luego partimos hacia  la fábrica de chocolate “La Cabaña”.

Amigos, esto fue otra experiencia totalmente bizarra.

¿Recuerdan ese capítulo de Los Simpsons en el que Bart visita una fábrica de cajas? ¿Que es una excursión ridícula en el que tiene que seguir una línea amarilla?

Bueno, eso es nada al lado de lo que nos tocó a nosotros.

No solamente tuvimos que ir por una línea amarilla mientras nos iban explicando el proceso de elaboración del chocolate, sino que la guía era una loca que gritaba con megáfono todo el tiempo: -¡Avance, muévase, deténgase, avance, DETÉNGASE SEÑOR!

Pero hete aquí que el camino amarillo no nos conducía al mágico mundo de Oz sino al salón de ventas de la fábrica, en donde no sólo vendían chocolate, sino diversos vinos y productos no fabricados por ellos.

En fin, demasiadas experiencias bizarras para un mismo día.

Luego de llegar al hotel y cenar, nos fuimos nuevamente a divertirnos al Casino en donde nos quedamos un par de horas.

Como coronación a este día nefasto, se largó a llover torrencialmente.

Huelga decir, que durante todo el viaje nos repetían como loros que Mendoza “es la ciudad del sol y del buen vino”

Pero la puta madre, nos pasan todas pensaba yo.

Comenzamos entonces nuestra odisea para poder regresar al hotel en el medio del diluvio, sin paraguas y con sandalias.

Estaba todo inundado, encima La Cachivache usa anteojos y no veía un carajo por el agua, por lo que la tenía aferrada a mi brazo y medio tenía que arrastrarla.

Pobrecita, no pudo más y empezó a despotricar contra Dios y María santísima a los gritos en el medio de la calle mientras caminadábamos hacia el hotel.

Yo le pedía que baje la voz, que era una loca de mierda y que nos llevarían presos por escándalo.

-¡Que venga la policía! Yo le voy a explicar señor oficial todo lo que me pasó en esta ciudad de mierda y bla bla bla- iba narrando a los gritos todo lo que nos pasó a lo largo de nuestras vacaciones.

Yo no hacía más que reirme por no llorar.

Pero la bizarrez no termina aquí amigos.

Sucede que una de las características de la ciudad de Mendoza, son las acequias, un sistema de riego que tienen, que consisten en unas canaletas profundas que van por las veredas distribuyendo el agua por todos lados.

Al estar todo inundado y con el agua pasando las pantorrillas, no se podía distinguir dónde empezaba la vereda, la calle o las acequias, por lo que llegados a la esquina del hotel tuvimos que detenernos por miedo a irnos a la mierda porque no sabíamos dónde era seguro pisar.

La Cachivache se puso a gritarle a los pocos autos anfibios que pasaban: -Señor, ¿me cruza?. Señor, ¿me cruza?

Dios, qué manera de reírme.

Al final hicimos de tripas corazón y cruzamos. Por suerte llegamos sanos aunque empapados al hotel.

Al otro día emprendimos el tan ansiado regreso a Buenos Aires.

Obviamente los platenses tenían que seguir estorbando, así que tuvimos que esperarlos porque se quedaron dormidos y “tenían que desayunar”.

Durante el viaje de regreso el coordinador nos dio unas encuestas de satisfacción para completar acerca de los servicios prestados por la agencia de truchismo, e hizo un alegato final afirmando que en función de lo que nos cobraron por el paquete, habíamos recibido mucho más de lo que correspondía y que nos recomendaba seguir viajando con ellos.

Ah no me dije. Esto ya es demasiado.

Obvio que puse todo pésimo en la encuesta, y luego me puse a escribir una carta manifestando mi disconformidad para mandar por mail a la agencia en cuanto volviera.

De más está decir que jamás me contestaron ni se hicieron cargo de nada, hasta en eso son truchos los de Noche y día Turismo.

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