En un momento de mis 15 años decidí empezar a fumar. No porque me convidaran, incitaran a hacerlo o tentaran con la publicidad, simplemente por pelotudo.

Lo que en un principio fue una avivada adolescente, con el tiempo se transformó en un vicio de un atado y medio por día, que conllevaba un gasto que la verdad, me rompía las pelotas, amén de sentirme un tarado al tomar conciencia que cada cigarrillo que encendía era plata que quemaba, y del daño a la salud.

Corría el año 2001 y todo empezaba a irse al carajo. En esa época laburaba part time, teniendo mi propia cartera de clientes a quienes les vendía de todo un poco, siempre a comisión.

Luego de la huída de De La Rúa y del caos político que se dio en el país (y posteriormente la devaluación), todo el mundo comenzó a achicar gastos y obviamente mis clientes no fueron la excepción, por lo que mis escasos ingresos se hicieron mucho más escasos aún.

Nunca me fue tan fácil tomar una decisión: o fumaba e iba al veraz o pagaba la tarjeta de crédito. El 25 de diciembre de 2001 fumé por última vez en mi vida.

Los primeros 15 días costó mucho: terribles dolores de cabeza, mucha ansiedad, atracos a la heladera. Para aliviar la angustia oral me ayudó el andar todo el día tomando mate, y el darme cuenta que si seguía comiendo saldría rodando.

Pero el esfuerzo obviamente valió la pena, más cuando ya no sufro ataques de acidez y cuando veo el precio que tienen actualmente los cigarrillos.

Cada tanto me dan ganas de fumar, no lo niego, sobre todo al salir alguna marca nueva me agarra curiosidad por conocer el sabor. Incluso como me gusta jugar con fuego, a veces les enciendo los cigarrillos a mis amigos, pero sé que si trago el humo saldré corriendo a comprar un atado.

Es como una eterna competencia a ver quién es más fuerte, el cigarrillo o yo. Afortunadamente no me gusta perder, y considero que ya pagué bastante je.

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