Día 7-San Martín de Los Andes

Nos levantamos a las 8, nos bañamos (la ducha funciona bien pero por las dudas no abro mucho).

Vamos a desayunar, la que creemos la dueña no está, hay otra que nos dice ser su socia cuñada. Más tarde cuando nos vamos a despedir nos cuenta que la Hostería es relativamente nueva, sólo tiene 5 años y que la construyó su marido y que su cuñada se vino a vivir y que ella viene seguido, que es de Lomas de Zamora.

¿Que no hay gente autóctona en el sur?

Nos sigue dando charla y yo me quiero ir a la mierda antes que salga el tema de la canilla. Me hago el boludo, saludo y me voy pitando. Nos dirigimos a la estación.

El micro que nos llevará a San Martín es de juguete, apenas más grande que una combi.

Al subir, uno de nuestros asientos está ocupado por un joven durmiente. Lo despierto, ah? me dice, y por el tono me doy cuenta que es chileno. Lo fleto.

El micro una cagada. Mi asiento se encuentra todo reclinado hacia atrás. Por más que busco la palanquita para volverlo a su posición normal, no la encuentro. Además, está hecho para gente de altura normal, o sea, que si medís más de 1.75 como en mi caso, te queda la cabeza suspendida en el aire, lo que te obliga a estar todo el tiempo haciendo fuerza para mantenerla erguida.

Una vez todos ubicados, nos disponemos a salir pero no sabemos por qué extraña razón nos quedamos varados en el medio de la terminal. El chofer sube y baja dos millones de veces, habla con gente, mantiene el micro en marcha, pero no avanzamos ni un solo centímetro.

El tiempo pasa y comienzo a sentir los efectos de hacer fuerza para estar derecho.

¡Arrancá de una vez que estoy envejeciendo!

Finalmente partimos, con media hora de demora.

La distancia a San Martín de Los Andes varía entre 160 y 250 Km., dependiendo el recorrido que se tome. En éste caso tomamos el más largo, el que va a través del circuito de los siete lagos.

El camino es una mezcla de ripio y asfalto, es más, hay partes que las están pavimentando.

Esto genera que cualquier vehículo que pase, genere una polvareda que en nuestro caso, como estamos en un transporte de cuarta, se filtra por todos lados, por lo que nos pasamos las dos horas y media que dura el viaje respirando y tragando tierra.

Al toque que partimos el chileno se va a quejar con el chofer que no puede estirar las piernas (está sentado detrás mío) y que quiere otro asiento. El chofer lo fleta.

Para mis adentros pienso en shileno (otro de los tantos idiomas que hablo): así que no te tinka sentarte atrás mío shileno ah? ¡Para que sepas yo tampoco estoy cómodo hueón!

El trayecto es muy lindo, se van bordeando los siete lagos y sus bosques, que podrían apreciarse mejor si alguien de la empresa de transportes (Albus) hubiera lavado los vidrios alguna vez.

Igualmente saco un par de fotos a través de los vidrios aunque quedan un poco “ahumadas”.

Mientras viajamos voy escuchando a Madonna y a September (una sueca que todavía no explotó acá, en algunos boliches ya la pasan, para que se den una idea es un estilo Kylie Minogue pero con un caudal de voz de la concha de la lora, búsquenla en youtube o bájense música, es muy recomendable (y le aporto mi granito de arena ja)), en una nueva experiencia orgásmica ja.

Voy reflexionando sobre las vicisitudes de la vida y en lo que me gustaría comer. Le voy a pedir a Inesita que me haga lasagna de berenjenas y a mi suegra berenjenas en escabeche.

Aclaración a todos mis lectores. Mi suegra viene a ser la madre de La Cachivache. Dada la curva de glucemia, cuestiones de redondez y el grave estado en descomposición de la cordura de La Cachivache, soy lo más parecido a un yerno que mi suegra tendrá en la vida, por lo que le digo suegra, y ella ya lo tiene totalmente asumido. Una capa mi suegra.

Cuando llegamos me asombra el tamaño de la terminal, mucho más grande que la de Bariloche, a pesar que San Martín es poco menos de la tercera parte de gente de Bariloche.

Descendemos y esperamos nos den los bolsos, aunque cuesta identificarlos debido a la capa de tierra que tienen encima. En fin.

Una vez con el bolso en mano, pelo el mapa para ver cómo ir al hotel, cuando un viejo se me acerca y me dice que tiene habitación para alquilar. No gracias, ya tengo, le digo, vuelvo mi vista al mapa y doy por finalizada la conversación. ¿Dónde estás? así te oriento, me vuelve a hablar. ¿Qué te importa pienso? Estoy a 13 cuadras, me tomo un taxi o iré caminando, gracias. Vuelvo a bajar la vista dando nuevamente finalizada la conversación. ¡Qué mala onda! me increpa, yo sólo te quiero ayudar, te estoy dando la bienvenida. No, estás confundido pienso. Vos no me querés ayudar, lo que querés es hacerte unos pesos extras porque no te alcanza la jubilación, y estás tan desesperado que te pegás a los turistas ni bien bajan del micro. Además, ¿qué es lo que dentro de tu retorcido cerebro te hace pensar que me voy a ir detrás de alguien que no conozco, con todas mis cosas? Pero como soy un Rey, una figura pública (y a mi público me debo), vuelvo a dirigirle la mirada, y en un tono que lo invita a irse por donde vino, le contesto: No es mala onda, ya tengo hospedaje, estoy acá nomás, no te necesito. Que tengas un buen día me dice. Igualmente replico. Matate conchudo.

Posteriormente lo analizo y hay algo que no me cierra, hasta que un detalle del viejo cobra sentido. El viejo tenía una mochila cargada. O sea, si sos de la zona y tenés habitación para alquilar, ¿qué necesidad tenés de ANDAR CON TU EQUIPAJE ENCIMA TURISTA CHORRO DE MIERDA?

Bueno, si quieren démosle el beneficio de la duda, pero no me digan que no queda gracioso.

Camino unos pasos buscando los carteles con los nombres de las calles para orientarme. No hay ninguno en las que limitan la terminal. Me cago en la señalización de esta ciudad.

Igualmente esto no me impide, como japonés feliz que soy, sacar la cámara y tomar fotos del Lago Lacar que está ni bien salís de la estación.

Emanuel me dice que pregunte cómo llegar al hotel. Minga digo yo. Vuelvo a mirar el mapa, y por la posición de la terminal y del lago me doy cuenta hacia dónde hay que ir. La Cachivache puede dar fe de mis dotes de orientación y memorización de mapas (disponible mi diario de Mendoza junto a La Cachivache).

Así que voy con dos bolsos cargadísimos, caminando con actitud por la calle principal. De algo me sirvieron mis años por las pasarelas, allá por el 2003, con apenas 19 añitos, cuando trabajaba de modelo para Pancho Dotto.

A las pocas cuadras se comienza a sentir el peso y como justo sale un taxi a nuestro encuentro, lo abordamos y llegamos al hotel.

El Hotel zafa bastante. Se nota que tiene sus años. Es enorme. Nos recibe Bárbara, que tiene la re onda, muy simpática. Antes que nos den AGAIN una habitación con cama matrimonial, le pedimos una con dos camas. Nos da una con tres. La habitación es re trucha pero tiene su onda. Cagada garrafal: la falta de enchufes, sólo uno en el baño y otro casi en el techo para la tele.

Los de excursiones El Refugio nos dejaron un sobre con las excursiones y folletos, y ni bien llegamos nos llaman por teléfono. Se nota que se preocupan por sus clientes. ¿Hace falta que les diga que tomen ejemplo, empleados de Rayantu?

Decidimos no hacer excursión hoy y salir a recorrer el centro.

Hay una gran diferencia con los lugares que visitamos antes, aquí se nota que es más ciudad, sólo hay que ver el ancho de las calles, las plazas, la urbanización en general. Las casas son todos chalets, también de mayor tamaño que los de Villa La Angostura, todo recubierto en madera, muy muy lindo. Los locales comerciales también están todos recubiertos en madera.

Llama la atención que no se ven perros sueltos por todos lados como en Bariloche y en Villa La Angostura.

En cuanto a precios, es todo re caro. Las artesanías en los locales son un robo a mano armada, más caras incluso que en Bariloche, lo mismo las remeras turísticas.

Pasamos por la agencia a pagar la excursión. Pegada a la agencia ¡hay un C&A! ¡hiperventilo!, pero resulta ser una broma de mal gusto, es otro negocio que se llama así. Seguimos caminando y pasamos por otras agencias, todas cobran $20 menos que la que contratamos nosotros. Luego vamos hacia la bajada del lago y vemos que están finalizando un acto de una actividad llamada “Tour Patagonia” está hablando una shilena, que parece que están por todos lados.

Mucha gente hace playa en el Lago Lácar, que es muy lindo, pero no tiene punto de comparación con el Nahuel Huapi.

Elegimos para almorzar un restaurant pegado al lago. Tiene mesas adentro y afuera. Vamos adentro. Hace calor dice Ema. Vamos afuera. Hay avispas dice Ema. Volvemos adentro. En fin.

La comida es rica y barata. Luego de comer vamos un rato a la playa, el viento es un alivio al calor terrible que hace. Ema dice que la hay el mismo olor a pescado podrido que hay en la costa. Creo no hace falta decir que ese olor yo no lo percibo, se trata de otra de las alucinaciones aromáticas de Emanuel.

Sacamos fotos, averiguamos por botes y bicis de agua que no vamos a usar y mi organismo me pide un helado, por lo que lo dejo a Ema en la playa y me vuelvo para el centro.

El helado resulta caro como en Bariloche y bastante choto, ni a palos es artesanal como dicen, se nota por la textura arenosa, es de polvo.

En una de las plazas hay una feria artesanal, acá las cosas son más económicas y lindas. Me compro un anillo de alpaca y cuero de iguana, sabiendo que la alpaca a mi me destiñe, pero el artesano me asegura que la alpaca que él usa es de alta calidad y no destiñe, que el brillo de la alpaca se activa con la piel de uno.

A los pocos minutos mi dedo se torna verde. ¡Puta que los parió artesanos del orto!

La Cachivache me mensajea contándome que se le partió la silla, se fue a la mierda y yo no estaba para filmarla. ¡Fea la actitud!

Querida, creo que esto no es más que una señal celestial. Es hora de ¡que suspendas los postres gooordaaaa!

Más tarde me encuentro con Ema y vamos a ver qué onda un trolebús que parte de una plaza y hace un City tour. Dura una hora y media y sale $30. Métanselo en el orto. Además ya medio que estoy alienado de tanto viajar. Me toy tornando molesto ja.

Vuelvo al hotel, me pongo a escribir, previo enchufar la notebook en el baño y sentarme en el borde de la cama para que me de el largo del cable. ¿Tanto cuesta poner más enchufes, ratas? Al rato que empiezo a escribir sin darme cuenta tironeo y se desconecta. ¡La puta que lo parió! La prendo de nuevo y he perdido casi todo lo que he escrito. Hiperventilo. Comienzo a escribir otra vez. Vuelve Emanuel. Guardo la info compulsivamente cada dos minutos. Al pedo, porque no queda nada guardado. En cuanto llegue a Buenos Aires voy a desinstalar este Open Office del orto y poner otra vez el Oficina. Odio depender de Micro…

Me agarra un ataque terrible, afortunadamente contengo mi ira y no hago mierda a la nena contra la pared. Empiezo otra vez a escribir, y esta vez antes de guardar copio el texto, cierro, vuelvo a abrir.

Finalmente funciona bien.

La llamo a la Cachivache que se juntaba a comer con unos amigos, hablamos entre todos un ratito.

Salimos a cenar, vamos nuevamente al restaurant del mediodía. Comemos pastas. La verdad estoy tan pasado de revoluciones y hecho mierda que no tengo hambre.

Cuando volvemos Emanuel me dice que yo tengo problemas de olfato, que en las vacaciones anteriores no le sentía el olor a guiso al hotel, y que en éstas no le sentí el olor a chivo a la doméstica de Bariloche y a la playa del Lago Lácar.

Sí Rosario, seguro que tenés razón, por eso tengo más de 40 perfumes y puedo reconocer cualquier fragancia y decirte, si no son de los de marca, de cuáles importados son mezcla y/o imitación.

Qué lucha.

Creo me pondré a investigar sobre las alucinaciones aromáticas, no creo haya mucha bibliografía, así que ya tengo otro proyecto literario, puedo escribir un libro. ¿Alguien conoce más casos para irlos documentando?

Volvemos al hotel, me conecto para subir las fotos y chatear. Me voy a dormir, estoy destruido y mañana madrugo.

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