¿Vieron cuando se dice que alguien es algo desde la cuna?

Bueno, en mi caso fue así. De la misma manera que empecé a escribir antes de aprender las letras (dictaba), empecé a vender antes de aprender a hablar.

Cuentan mis padres que de bebé, me la pasaba caminando dentro de la cuna, gesticulando y hablando en mi propio idioma, como tratando de convencer de las supuestas situaciones acerca de las que “hablaba”,  acción que mis padres denominaron “las parlatas de Mariano”.

Recuerdo cuando tenía 8 años, en la materia actividades prácticas nos enseñaron a hacer pompones. Mi fenicio cerebro vislumbró el negocio: corté los pompones, les pegué ojitos y boca de cartón y los convertí en “fantasmitas de la buena suerte”.

Hice 10 y me los fui a vender al club que frecuentaba en $0.50 cada uno. Vendí casi todos y me compré una Coca Cola, para mi un néctar difícil de probar dado que en casa por hacer economía no se compraba.

Posteriormente con un amigo inventamos las “estrellitas ninja”, dos fósforos en cruz atados con lana. También las vendíamos en el club, y hasta la publicidad les inventamos: la dibujamos nosotros, sacamos fotocopia para que saliera blanco y negro y la pegamos en el Clarín para mostrar que nuestros productos hacían publicidad en el diario y darle más seriedad al asunto. Pequeños empresarios juas.

De adolescente comencé a frecuentar la feria artesanal del Parque Los Andes; todos los fines de semana iba a pasear, comprar libros, casetes truchos, sahumerios, cigarrillos, etc. Como no teníamos un mango mi mamá me daba porquerías para vender y me dejaba quedarme una parte.

Por porquerías entiéndase adornos viejos y horribles, ceniceros, platos, boludeces, cosas inservibles que mi vieja fue acumulando a lo largo de la vida.

Yo iba puesto por puesto y les preguntaba a los vendedores si les interesaba y cuánto me daban, vendiéndole siempre al mejor postor.

Créanme amigos, que si logré vender dos pajarracos de bronce, espantosos, todos pinchudos, que sólo Dios sabe cómo era que lograban mantenerse de pie sin caerse, y que no sé quién fue el hijo de remil putas que tuvo el mal gusto de regalárselos a mis padres por su casamiento, en buena guita, creo amigos estar en condiciones de decir que puedo vender cualquier cosa.

Luego comencé a laburar de vendedor para un grupo editorial en donde  tenía zonas asignadas con cartera de clientes a quienes no sólo les vendía libros, sino de todo, todo lo que consiguiera en consignación.

Y esa fue la forma en que me formé en ventas, una ocupación que si bien te quema bastante la cabeza (más teniendo encima 17 años de atención al público) y de la que a veces reniego por no haber podido laburar mucho de lo que estudié, es una actividad que siempre me ha dado de comer, a través de la que he conocido mucha gente, aprendido mucho y sobre todo hecho muy buenos amigos.

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